Cocinar, recordar, reconectar: el acto revolucionario que nos puede salvar
Dicen que el fuego nos hizo humanos. Pero si afinamos más, fue cocinar lo que realmente nos convirtió en la especie que somos. No solo nos permitió digerir mejor los alimentos y alimentar nuestro cerebro en crecimiento, sino que creó el primer espacio de comunidad, de aprendizaje compartido. Alrededor del fuego no solo cocinamos alimentos, también cocinamos cultura, relaciones y memorias.
Hoy, sin embargo, vivimos cada vez más desconectados de esa raíz. La tierra, el mar, la cocina, la felicidad… todo parece fragmentado en nuestra sociedad acelerada, individualista y sobre estimulada. Nos han vendido la idea de que no tenemos tiempo para cocinar, que es una pérdida de energía cuando la tecnología puede hacerlo por nosotros. Pero, ¿qué estamos perdiendo realmente?
Cocinar es un acto revolucionario
La chef María Nicolau lo dice claro: “Cocinar es lo más revolucionario que hay para cambiar el mundo.” Y tiene razón. Cocinar nos devuelve el control sobre lo que comemos, nos reconecta con el producto, con la tierra, con los ciclos naturales. Nos obliga a parar, a tocar los alimentos, a oler, a probar, a entender cómo algo tan simple como un sofrito esconde siglos de aprendizaje y transmisión de saberes.
En el artículo de Colmenero & Co. sobre el taller participativo, se hablaba de la desesperanza de agricultores y pescadores, de cómo la industrialización y la globalización han roto los lazos entre productores y consumidores. No valoramos lo que comemos porque no sabemos de dónde viene ni lo que cuesta producirlo.
Recuperar la cocina en casa, desde la selección de ingredientes hasta la preparación y el acto de compartir la mesa, es un primer paso para reconstruir esa conexión. Es entender que detrás de cada plato hay personas, esfuerzo, historia y territorio.
La felicidad comienza en la cocina
No es casualidad que, según la ciencia, las personas más felices cocinan en casa. Un estudio citado en ABC confirma que preparar comida casera no solo mejora la salud, sino que fortalece los lazos familiares y nos da un sentido de control y satisfacción.
Cocinar es una pausa en el caos. Un momento de presencia. Un acto de cuidado, tanto para nosotros como para los demás. En una sociedad donde el estrés, la inmediatez y la hiperconectividad nos han vuelto más infelices que nunca (Borja Vilaseca), volver a la cocina puede ser un antídoto contra la desconexión emocional y social que estamos viviendo.
Un sistema insano no puede generar sociedades sanas
El economista Peter Drucker lo expresó con claridad: «No puede haber empresas sanas en una sociedad insana.»
Si aplicamos esta idea a la alimentación, encontramos un sistema que no solo no nos cuida, sino que nos enferma:
- Nos desconecta de la producción de nuestros alimentos.
- Nos empuja hacia dietas insalubres mientras genera riqueza sin valores.
- Nos roba el tiempo para cocinar y nos hace creer que es un lujo, cuando es una necesidad.
Hemos sustituido lo importante por lo urgente. Pero quizás ha llegado el momento de cambiar nuestra mentalidad, quizas ha llegado el momento de ser mas radicales.
El artículo de Toni Massanés en La Vanguardia, «La gastronomía del futuro empieza con G», apunta a tres pilares fundamentales para que la gastronomía tenga futuro:
- Producto: lo que comemos debe ser real, de calidad y respetuoso con el entorno.
- Territorio: la cocina debe estar arraigada a su lugar de origen, a su historia y a su cultura.
- Cultura: la gastronomía no es solo alimento, es identidad, conocimiento y tradición.
Si queremos una gastronomía con futuro, no podemos seguir confiando en modelos que nos alejan de estos principios. No podemos delegar en la industria lo que significa alimentarnos bien.
Residentes que cocinan, comunidades que resisten
Cuando hablamos de gastronomía y territorio, solemos pensar en el turismo como el gran dinamizador. Pero, ¿y si el verdadero motor de la preservación cultural fueran los propios residentes?
Durante demasiado tiempo hemos confiado en el turismo para sostener nuestra identidad gastronómica y nuestros productos locales. Lo vemos en mercados llenos de souvenirs pero vacíos de compradores locales. En restaurantes que adaptan su carta a lo que espera el turista, dejando de lado los platos auténticos. En pueblos que pierden sus tiendas de barrio porque ya solo venden para quienes están de paso.
Pero si los residentes recuperan el valor de la cocina local, del producto de proximidad, de la artesanía alimentaria, entonces no necesitaremos depender de los turistas para que nuestra cultura tenga sentido económico. Seremos nosotros mismos quienes la preservemos y le demos valor real.
Cada persona que vive en un territorio puede ser un embajador de su cultura. No desde la nostalgia, sino desde la práctica diaria. Comprando en mercados locales. Cocinando con ingredientes de proximidad. Contando las historias que hay detrás de cada plato. Implicándose en los sistemas de producción y distribución.
Si logramos que los residentes sean los primeros en valorar su gastronomía, su tierra y su mar, entonces el turismo será un refuerzo, no una amenaza. Porque un visitante que llega a un territorio donde la cocina es un orgullo y no una atracción fabricada, se lleva una experiencia real. Y eso es lo que genera un impacto duradero.
Si un residente deja de comprar en el mercado local, el turista encontrará un mercado convertido en escaparate.
Si un residente deja de cocinar platos tradicionales, el turista solo podrá probar versiones edulcoradas en menús turísticos.
Si un residente no conoce la historia de su propio territorio, ¿quién la contará cuando llegue un visitante?
No es solo un tema de economía local. Es una cuestión de identidad, de memoria, de resiliencia. Si queremos evitar que nuestra cultura se convierta en un producto más de consumo rápido, tenemos que vivirla antes de venderla.
Reaprender lo que nos hizo inteligentes
El neurocientífico David Bueno defiende que el arte y la creatividad son esenciales para la inteligencia humana. Aprender no es solo memorizar datos, sino conectar, experimentar, crear. Cocinar es, en esencia, un acto creativo. Un espacio donde la intuición y el conocimiento se encuentran, donde transformamos lo crudo en algo nuevo, más complejo, más nutritivo.
Nos estamos alejando de aquello que nos hizo evolucionar. Dependemos de alimentos ultraprocesados, de algoritmos que nos dicen qué comer y cuándo, de plataformas que nos traen la comida a casa sin esfuerzo. Pero la inteligencia no está en la comodidad absoluta. Está en la experimentación, en la capacidad de adaptación, en la curiosidad.
Si el fuego nos hizo humanos, cocinar nos hizo inteligentes. Y si queremos recuperar el sentido de comunidad, de placer, de bienestar y hasta de propósito, tenemos que volver a encenderlo.
La revolución no está en la tecnología. Está en la cocina.
Si queremos un futuro donde la gastronomía no sea solo una postal, sino un reflejo vivo de quienes somos, debemos empezar por nosotros mismos. Cocinemos. Compremos en el mercado. Hablemos con los productores. Aprendamos y enseñemos.
Porque lo que no valoramos en casa, tarde o temprano, lo acabaremos perdiendo en el mundo y todos sabemos que los ecosistemas que pierden diversidad corren el riesgo de extinguirse.
Hacia un turismo verdaderamente sostenible
Quizás, en un mundo global, la clave no sea diferenciar entre turistas y residentes, sino tratar como locales a todos aquellos que habitan nuestros territorios, ya sea de forma permanente, puntual u ocasional.
Si logramos que cada persona que pase por un territorio lo cuide, lo respete y lo valore como propio, entonces habremos dado el primer paso hacia un turismo verdaderamente sostenible, pero primero hemos de empezar por el respeto a nosotros mismos
Genis Roca también apuntó que “La ventaja del futuro no será la IA, sino que lo será, la confianza”, la confianza solo se adquiere con el conocimiento.
Nos toca explicarnos más y poner en valor lo que hacemos para que nos ganemos la confianza del consumidor. La revolución no está en la tecnología. Está en la cocina.
Convertir las contradicciones gastronómicas en oportunidades de futuro
Taller Participativo, lo que la mar y la tierra nos han enseñado
2 comentarios
Una gran verdad !
Felicidades por el articulo, da que pensar 👌
Esa es nuestra intención, generar debates abiertos para promover el conocimiento colectivo.
Gracias por tus amables palabras, viniendo de ti son un verdadero halago.