Caminar a través de la Incertidumbre

«Valentía no es no tener miedo, es atravesarlo».

Nos han enseñado a huir del miedo. Nos han dicho que los valientes son los que nunca dudan, los que avanzan sin titubear, los que desafían a la tormenta sin pestañear. Y, sin embargo, la verdadera valentía no radica en la ausencia de miedo, sino en la decisión de atravesarlo. Como si el miedo fuera un río frío y traicionero que nos separa de la otra orilla, de ese lugar donde nos espera nuestra mejor versión. Cruzarlo, a pesar del temblor, es el acto supremo de transformación.

Antonio Gala lo dejó claro en su «Carta a los herederos» cuando escribió: «Los valientes son quienes mantienen sus propias opiniones, adquiridas si es preciso a zarpazos, y las defienden de los otros. Son quienes emprenden el prodigioso viaje hacia sí mismos, la búsqueda de cuyas sendas es despiadada y es costosa». Y vaya si lo es.

Es costoso porque implica escuchar lo que no queremos oír, ver lo que nos resistimos a mirar y asumir que en ese camino no hay mapas, solo la brújula interior que a veces susurra y otras grita. La intuición, esa inteligencia sutil que se despliega en las pausas, en el silencio, en las señales que nos regala el mundo cuando aprendemos a leerlas. La intuición no es magia, sino gracia, consciencia, conocimiento destilado en nuestra piel, en nuestra memoria, en nuestras cicatrices.

El miedo es inevitable. Y es útil. Nos alerta, nos protege, nos obliga a medir cada paso. Pero también nos puede paralizar, nos encierra en la falsa seguridad de lo conocido, en la zona de confort donde nada crece. La vida exige movimiento, y moverse implica riesgo. Implica errar, caer, perderse, para después encontrarse.

Caminar pese al miedo, como quien avanza de noche guiado por la tenue luz de las estrellas. No con la certeza absoluta de que todo saldrá bien, sino con la convicción de que quedarse quieto es peor. Porque cada paso que damos nos lleva, en última instancia, hacia nosotros mismos. Y ese es el viaje definitivo, el que nunca acaba, el que nos define y nos transforma.

Lo vemos en quienes se atreven a desafiar los límites, en quienes crean algo donde antes no había nada, en quienes creen en un turismo regenerador cuando el mercado pide más de lo mismo. En quienes ven en el campo abandonado una oportunidad, en quienes entienden que cuidar el territorio no es un acto romántico, sino una urgencia. En quienes no esperan a que las cosas cambien, sino que se arremangan y las cambian ellos mismos.

Lo vemos en los emprendedores que apuestan por modelos de negocio sostenibles, en los que trabajan para que la cultura local no desaparezca, en los que transforman el miedo al fracaso, en el combustible para seguir adelante.

Y es que solo atravesando el miedo llegamos a la verdadera acción. A ese momento en el que entendemos que dar es darse, que lo que ofrecemos al mundo nos vuelve de formas inesperadas, que el impacto de nuestras decisiones trasciende lo inmediato. Que cada vez que plantamos una semilla –ya sea un proyecto, una idea o un gesto de generosidad– estamos contribuyendo a traer la primavera a un mundo que, como decía Gala, tal vez no la merezca. Pero ahí radica precisamente la valentía: en hacer lo que hay que hacer, sin esperar garantías, sin necesitar que el mundo esté preparado para recibirlo.

Así que sigamos caminando. Pese al miedo. Con él. A través de él. Porque solo así podremos llegar a la otra orilla y descubrir que, al final, la primavera siempre llega.

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